En el intento por concientizarme de mi realidad he acudido a terapia de grupo, debo confesar que tenía mis dudas sobre el valor real de esta experiencia de psicoterapia, primero porque no la había experimentado y segundo porque por muy homogéneo que sea un grupo me parecía que ventilar mis problemas personales ante un grupo de desconocidos no iba a ser sencillo.

Mi hipótesis estaba muy equivocada, para comenzar mi grupo tiene todo menos homogeneidad, mujeres, hombres, de mi edad, más jóvenes, casados, solteros, divorciados y lo que se vaya agregando. En cuando a abrir la caja de pandora ante desconocidos fue de lo más sencillo, un montón de gente que no te conoce, no te juzga y que tiene tantas broncas como para cargar con las tuyas, así que rápidamente se crea un ambiente de confianza en la que la principal regla es mantener la información dentro del grupo.

Quizá con esto último doy pie a que piensen que estoy violando la regla, bueno puede ser, pero yo no lo considero así. No voy a contar sus experiencias o problemas, solamente proyectar mis propios análisis y conclusiones… y eso que es mío: mis miedos, inseguridades, reflexiones, problemas personales y lo que se acumule.

En mi experiencia previa hablaba con mi terapeuta, ella me hacía preguntas que me iban acercando a observar mi realidad o me confrontaba cuando de plano el trabajo parecía no producir frutos. Por supuesto que esto me hacia reflexionar, agotándome física y emocionalmente, pero llegue a un punto en el que ya no encontraba ninguna respuesta, que esas confrontaciones parecían ajenas, aquello que tenía que hacer conciente se sentía lejano y ausente.

Por eso busque un método diferente. Quizá sea la novedad de un par de sesiones de grupo en la que aún me quedan dudas y mi corazón está habido por nuevas e interesantes actividades. Quizá en unos meses regrese a la comodidad de mi terapia individual, en donde el tiempo es enteramente mío y mi terapeuta es como una amiga rezongona que no te da por tu lado y te obliga a trabajar en lo que no quieres.

Eso no me preocupa ahora. Lo que me ocupa ahora es entender qué sucede en estas sesiones de grupo. Por qué salgo con tantas ideas y conclusiones, por qué la historia de una persona tan ajena se relaciona con la mía, por qué proyecto mis patologías en las de alguien que es tan distinto a mi realidad.

En estas sesiones compartes con un grupo de gente un poco de lo que te duele o te está sucediendo, en ocasiones es un simple: “no tengo nada importante que reportar”, en otras un mar de lágrimas se asoma cuando intentas decir algo y en otras muchas, la terapeuta hace las veces de tirabuzón para sacar lo que alguien no quiere decir.

Poco a poco se va tejiendo una conversación que te da muchas luces extrañas, descubre en los problemas de los demás: carencias, obsesiones, traumas y apegos de los que no eras consciente. A través de escuchar te comprendes a ti mismo, en una especie de magia colectiva.

Creo que es una experiencia importante ahora, estoy cansada de escucharme y no encontrar sentido en mis palabras, entonces observo a los demás y encuentro lo que no lograba sacar. Me parece un gran progreso para una segunda sesión de terapia de grupo.

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